Si un robot puede trabajar toda la noche, ¿por qué nosotros deberíamos hacerlo también?
    5 Julio, 2026 18 min lectura Álvaro Abril

    Si un robot puede trabajar toda la noche, ¿por qué nosotros deberíamos hacerlo también?

    La IA puede crear una sociedad con más desempleo y, al mismo tiempo, con más riqueza. La verdadera pregunta es: ¿vamos a usar esa riqueza para vivir mejor o simplemente para necesitar menos personas?

    Hay una pregunta que me hago cada vez con mayor frecuencia: ¿qué debería ocurrir si una empresa consigue producir el doble necesitando la mitad del trabajo humano?

    Desde la perspectiva empresarial, la respuesta parece sencilla. La compañía será más eficiente, reducirá costos, aumentará sus márgenes y podrá competir en mejores condiciones. Como empresario y como persona vinculada desde hace años al mundo de la tecnología, entiendo perfectamente esa lógica. Sería absurdo oponerse a una herramienta que permite hacer mejor un trabajo, reducir errores y conseguir en minutos lo que antes requería días.

    Pero cambiemos por un momento de lugar. Imaginemos que no somos los propietarios de la empresa ni quienes diseñamos la automatización. Imaginemos que somos una de las personas cuyo trabajo dejó de ser necesario.

    La respuesta ya no parece tan sencilla.

    Creo que esta contradicción será uno de los grandes debates económicos y sociales de los próximos años. La Inteligencia Artificial y la robótica pueden permitirnos producir una cantidad de riqueza nunca antes imaginada, pero también pueden reducir la necesidad de trabajo humano. El problema no está en la tecnología. El problema consiste en decidir quién recibirá los beneficios de esa nueva productividad y quién asumirá sus costos.

    Para poner cifras al asunto: Goldman Sachs estimó en 2023 que la IA generativa podría automatizar el equivalente a 300 millones de empleos a tiempo completo en el mundo. El FMI, en 2024, calculó que el 40% de los empleos globales están expuestos —60% en economías avanzadas—. Y McKinsey proyecta que la IA podría añadir hasta US$ 4,4 billones anuales a la economía mundial. Riqueza inmensa. Puestos de trabajo, no tanto.

    ¿La Inteligencia Artificial realmente va a generar desempleo?

    Mi respuesta es que sí puede hacerlo, aunque probablemente no de la forma dramática que muchos imaginan. No siempre veremos una fábrica que instala robots y despide a cientos de trabajadores el mismo día. Una parte importante del cambio puede ocurrir silenciosamente: una persona renuncia y no es reemplazada, otra se jubila y su cargo desaparece, un departamento de diez empleados pasa gradualmente a tener seis y una empresa duplica sus ventas sin aumentar su nómina.

    En esos casos nadie puede señalar un gran despido atribuible a la Inteligencia Artificial. Sin embargo, las oportunidades laborales sí se redujeron. Por eso considero que estamos observando el problema con indicadores incompletos. Contamos los puestos de trabajo que desaparecen, pero casi nunca contamos los empleos que dejaron de crearse.

    Durante buena parte de la historia empresarial, crecer significaba contratar. Una nueva sede necesitaba trabajadores; más clientes exigían un equipo mayor; producir más requería más manos. La automatización está rompiendo esa relación. Una empresa puede crecer enormemente sin aumentar proporcionalmente su número de empleados.

    Para una compañía, eso se llama productividad. Para millones de personas que necesitan encontrar trabajo, el mismo fenómeno puede tener otro nombre: falta de oportunidades.

    ¿Aprender a usar IA será suficiente para conservar el empleo?

    No necesariamente.

    Se repite constantemente que la Inteligencia Artificial no reemplazará a las personas, sino que una persona que sepa utilizarla reemplazará a quien no sepa hacerlo. La frase tiene una parte de verdad, pero también simplifica demasiado el problema.

    Supongamos que una empresa tiene diez trabajadores y que, después de adoptar nuevas herramientas, cada uno consigue producir tres veces más. ¿La empresa seguirá necesitando a los diez? Puede hacerlo si consigue triplicar su mercado, pero también puede descubrir que cinco personas son suficientes para atender su operación.

    En ese caso, todos podrían haber aprendido Inteligencia Artificial y, aun así, no habría trabajo para todos.

    Capacitar a las personas es indispensable, pero la capacitación no crea automáticamente puestos de trabajo. Este punto me parece fundamental porque estamos convirtiendo un problema colectivo en una responsabilidad exclusivamente individual. Le decimos al trabajador que debe aprender, reinventarse y adaptarse. Estoy de acuerdo. Pero si millones de personas se adaptan para competir por una cantidad insuficiente de oportunidades, ya no estamos ante un problema de formación. Estamos ante un problema de organización económica.

    ¿El mayor riesgo está en los despidos o en los jóvenes que nunca serán contratados?

    Personalmente, me preocupa más lo segundo.

    Las empresas siempre han necesitado trabajadores jóvenes para realizar tareas iniciales: investigar, organizar información, preparar borradores, atender solicitudes básicas, elaborar análisis preliminares, diseñar piezas sencillas o escribir las primeras líneas de un programa. Esos trabajos no eran el destino final de una carrera profesional. Eran el lugar donde una persona aprendía.

    Precisamente esas son algunas de las actividades que la Inteligencia Artificial está automatizando con mayor rapidez. Un estudio de Stanford de 2025 detectó que el empleo entre trabajadores de 22 a 25 años en profesiones altamente expuestas a la IA cayó cerca de un 13% en apenas dos años, mientras el empleo en el resto de edades y sectores seguía creciendo.

    Entonces aparece una contradicción que deberíamos discutir con urgencia. Las empresas continúan buscando profesionales con experiencia, pero están comenzando a eliminar algunos de los puestos donde esa experiencia se adquiría.

    ¿Cómo llegará alguien a ser senior si nunca tuvo la oportunidad de ser junior?

    No se puede fabricar experiencia. Antes de convertirse en experto, una persona tuvo que observar, equivocarse, practicar y resolver problemas pequeños. Si automatizamos completamente el primer escalón de la vida profesional, tendremos que crear nuevas formas para que las siguientes generaciones puedan subir la escalera.

    Los programas de aprendices, las prácticas remuneradas, las residencias empresariales y los incentivos al primer empleo pueden dejar de ser políticas secundarias. En una economía automatizada, podrían convertirse en parte esencial de la infraestructura laboral.

    ¿Debemos detener la automatización para proteger el empleo?

    No.

    Creo que sería un error enorme. Un país que intente proteger todos sus empleos dificultando el uso de la tecnología terminará perdiendo empresas, inversión y competitividad. Si otros producen mejor y a menor costo, nuestros empleos tampoco estarán seguros.

    La solución no consiste en conservar artificialmente cada trabajo que existe hoy. La historia económica está llena de actividades que desaparecieron porque encontramos una manera mejor de hacerlas. Mi pregunta es diferente: ¿por qué asumimos que toda ganancia de productividad debe utilizarse para producir más o contratar menos?

    Si una empresa consigue en seis horas lo que antes conseguía en ocho, existen varias posibilidades. Puede producir todavía más, reducir personal, aumentar utilidades o utilizar parte de esa productividad para reducir el tiempo de trabajo.

    Esta última opción casi nunca aparece primero en la conversación. Y debería aparecer.

    ¿Deberíamos trabajar menos horas gracias a la IA?

    Creo que sí, siempre que exista un aumento real de la productividad que lo permita.

    Durante décadas hemos medido el compromiso de un trabajador por el número de horas que permanece en su puesto. Sin embargo, todos sabemos que estar ocho, nueve o diez horas en un lugar no significa producir durante todo ese tiempo. Existen reuniones innecesarias, tiempos muertos, agotamiento, errores causados por el cansancio y horas completas en las que muchas personas simplemente esperan el momento de regresar a casa.

    ¿No deberíamos buscar el máximo rendimiento en lugar del máximo número de horas?

    Los experimentos ya empezaron. Islandia probó la semana de 4 días entre 2015 y 2019 con más de 2.500 trabajadores públicos: la productividad se mantuvo o mejoró en la mayoría de los casos y hoy cerca del 90% de la fuerza laboral islandesa tiene derecho a una jornada reducida. En el Reino Unido, el piloto de 4 días con 61 empresas terminó con el 92% manteniendo el esquema después del ensayo. La productividad no se derrumbó. La vida sí mejoró.

    Una jornada laboral más corta no debería entenderse como una invitación a producir menos. El objetivo tendría que ser trabajar con mayor concentración, mejores herramientas, procesos más eficientes y metas claras. Si una persona puede conseguir excelentes resultados en menos tiempo, obligarla a permanecer horas adicionales únicamente para cumplir un horario no aumenta necesariamente la productividad.

    Hay además una imagen cotidiana que siempre me ha parecido reveladora. Millones de personas salen de sus casas cuando comienza el día y regresan cuando ya no hay luz del sol. Durante años repiten esa rutina y terminan descubriendo que su vida personal ocurre principalmente durante los fines de semana.

    ¿Eso es realmente progreso?

    Si la Inteligencia Artificial y los robots nos permiten producir más, me gustaría que una parte de ese beneficio se midiera de una manera diferente: ¿cuántas personas pueden terminar su jornada cuando todavía hay sol?

    Salir más temprano significa poder compartir con los hijos, visitar a los padres, hacer deporte, estudiar, caminar, crear, conversar con los amigos o simplemente tener tiempo propio. Una sociedad avanzada no debería medirse solamente por la cantidad de bienes que produce. También debería preguntarse cuánto tiempo permite vivir a sus ciudadanos.

    ¿Una máquina que nunca duerme debería permitir que los seres humanos vivan mejor?

    Ese debería ser uno de los principales objetivos de la automatización.

    Un robot industrial puede producir durante la noche. No se cansa, puede repetir una tarea miles de veces y no necesita que el turno termine para continuar trabajando. Un sistema de IA puede procesar información mientras nosotros dormimos. La Federación Internacional de Robótica reportó más de 4,2 millones de robots industriales operativos en fábricas de todo el mundo en 2024, con China instalando más robots por año que el resto del planeta junto.

    Pretender que un ser humano compita con esas capacidades trabajando más horas me parece absurdo. La ventaja de una persona no consiste en permanecer despierta más tiempo que una máquina. Nuestro valor está en crear, decidir, imaginar, relacionarnos, cuidar, negociar y comprender situaciones complejas.

    Si una máquina puede trabajar toda la noche, el resultado lógico no debería ser obligarnos a trabajar como ella. El verdadero éxito sería que, gracias a su productividad, nosotros necesitáramos trabajar menos.

    ¿La automatización debería reducir también el costo de vivir?

    Necesariamente.

    Este es un punto que me parece demasiado ausente en el debate. Si los robots pueden producir durante más horas, reducir errores, utilizar mejor las materias primas y disminuir ciertos costos operativos, una parte de ese ahorro debería llegar al resto de la economía.

    Los insumos deberían ser más económicos. Los procesos logísticos deberían costar menos. Determinados productos deberían bajar de precio. La productividad tendría que permitirnos obtener más utilizando menos recursos.

    Operario trabajando junto a dos brazos cobots colaborativos en una fábrica moderna
    Cobots colaborativos: la promesa no es reemplazar al humano, sino multiplicar lo que puede hacer en menos tiempo.

    De lo contrario, podríamos terminar construyendo el peor escenario posible: menos oportunidades de trabajo y una vida cada vez más cara.

    ¿De qué sirve que una fábrica produzca el doble con la mitad de las personas si los productos continúan aumentando de precio? ¿De qué sirve una economía extraordinariamente automatizada si una familia necesita trabajar cada vez más horas para pagar vivienda, alimentación, transporte y servicios?

    La promesa social de la automatización solo tendrá sentido si una parte de la eficiencia se convierte en menores costos y mayor calidad de vida.

    ¿Deberían los robots pagar impuestos?

    Mi respuesta es sí, aunque probablemente no de la forma literal en que algunos imaginan.

    No creo que debamos colocar un impuesto a cada máquina, computador o programa. Una medida de ese tipo podría castigar la innovación, perjudicar a pequeñas empresas y hacer que la inversión se traslade hacia otros países.

    Pero existe un problema que no podemos ignorar. Nuestros sistemas fiscales y de seguridad social fueron construidos alrededor del trabajo humano. Una persona recibe un salario, paga impuestos y realiza aportes que ayudan a financiar pensiones, salud y otros servicios. Cuando una empresa reemplaza miles de horas de trabajo humano por sistemas automatizados, esa contribución puede desaparecer, aunque la producción y las utilidades aumenten.

    El robot produce, pero no cotiza a pensión. El algoritmo trabaja, pero no aporta a la seguridad social.

    La idea no es nueva ni marginal: Bill Gates la planteó abiertamente en 2017, Corea del Sur ajustó en 2018 los incentivos fiscales a la automatización, y la Unión Europea lleva años discutiendo cómo redistribuir las ganancias de la IA. Si esta sustitución ocurre a gran escala, tendremos que diseñar nuevas formas de financiar la sociedad.

    Por eso creo que las empresas que obtengan ganancias extraordinarias mediante una sustitución intensiva del trabajo humano deberían realizar una contribución mayor. No para castigarlas por innovar, sino para reconocer que una parte de su nueva productividad depende de una infraestructura social que también necesita financiación.

    Podríamos llamarlo *impuesto a la automatización*, *contribución por productividad extraordinaria* o darle cualquier otro nombre. Lo importante no es el nombre. La pregunta fundamental es esta: si las máquinas producen una parte creciente de la riqueza, ¿no deberían contribuir también a sostener la sociedad en la que esa riqueza existe?

    ¿Para qué deberían usarse esos impuestos?

    No creo que deban convertirse simplemente en más gasto público.

    Una parte debería financiar la transición de quienes pierden su trabajo, la capacitación para nuevas actividades y la protección de las personas durante los periodos en que deban reconstruir su vida laboral. Otra parte podría apoyar la reducción progresiva de las jornadas y ayudar a pequeñas empresas a adaptarse a nuevos modelos de trabajo.

    Pero creo que también deberíamos atrevernos a pensar más lejos.

    Si las máquinas producen una parte creciente de la riqueza, esa productividad podría utilizarse para mejorar directamente la calidad de vida de las personas. Podría ayudar a financiar mejor educación, transporte, salud, espacios públicos, cultura y actividades comunitarias.

    La automatización no debería servir únicamente para hacer más ricas a las empresas que compran robots. Debería contribuir a construir sociedades donde vivir bien sea menos costoso.

    ¿Por qué premiamos algunas formas de trabajo e ignoramos otras actividades valiosas?

    Esta es una de las preguntas que más me interesa plantear.

    Nuestro sistema económico reconoce fácilmente el valor de una actividad cuando existe una factura o un salario. Sin embargo, tiene muchas dificultades para reconocer actividades que mejoran profundamente una sociedad.

    Un joven que entrena durante años para representar a su comunidad en un deporte está creando valor. Una persona que pinta, escribe, compone música o participa en un grupo de teatro enriquece la cultura. Alguien que dedica varias horas a acompañar adultos mayores, recuperar un parque, enseñar gratuitamente o realizar trabajo social está aportando a todos.

    Sin embargo, muchas de estas actividades no reciben ninguna compensación.

    ¿Cuántos artistas abandonan lo que hacen porque necesitan dedicar todas sus horas a sobrevivir? ¿Cuántos deportistas con talento dejan de entrenar? ¿Cuántas personas quisieran ayudar en su comunidad, pero regresan del trabajo demasiado tarde y demasiado cansadas?

    Tal vez el problema no sea que falten cosas valiosas por hacer. Tal vez nuestro problema sea que solo llamamos trabajo a una parte muy pequeña de las actividades que una sociedad necesita.

    ¿Podríamos crear bonos laborales para el arte, el deporte y el servicio social?

    Creo que deberíamos estudiarlo.

    Imagino un sistema de bonos laborales por contribución extraordinaria, financiado parcialmente con los nuevos recursos generados por una economía altamente automatizada. Una persona podría recibir un reconocimiento por dedicar tiempo verificable y constante a actividades de alto valor social.

    No hablo de pagarle a alguien simplemente por tener un pasatiempo. El sistema tendría que contar con criterios claros, resultados comprobables y controles que eviten abusos. Pero una persona que represente a su ciudad en una actividad deportiva, desarrolle un proyecto artístico de impacto, enseñe a niños, participe en programas ambientales o dedique tiempo real al servicio de su comunidad podría recibir un complemento económico o laboral.

    Incluso podríamos reconocer esas actividades con tiempo. Una persona podría trabajar menos horas en su empleo convencional y dedicar una parte de su semana a una contribución social reconocida.

    ¿Por qué consideramos productivo a alguien que pasa diez horas haciendo una tarea administrativa innecesaria, pero improductivo a quien enseña música a niños, cuida un bosque o representa a su comunidad en un deporte?

    La pregunta merece, por lo menos, una respuesta.

    ¿Quién debería pagar el costo de la transición tecnológica?

    No creo que pueda ser únicamente el trabajador.

    Actualmente, cuando una tecnología elimina un empleo, solemos decirle a la persona que debe capacitarse y reinventarse. Pero capacitarse cuesta dinero y, sobre todo, tiempo. ¿Quién paga el arriendo mientras alguien aprende una nueva profesión? ¿Quién mantiene a su familia durante la transición?

    Tampoco creo que el Estado deba asumir solo toda la responsabilidad mientras las empresas conservan la totalidad de los beneficios económicos de la automatización.

    Necesitamos repartir las responsabilidades. El trabajador tendrá que aprender y adaptarse. Las empresas deberían financiar parte de las transiciones que provocan. Los gobiernos tendrán que modernizar la educación y la protección social. La industria tecnológica tendrá que contribuir a crear nuevas oportunidades.

    La automatización será mucho más fácil de aceptar si las personas sienten que participan de sus beneficios. Será socialmente explosiva si la única experiencia de millones de ciudadanos con la Inteligencia Artificial consiste en perder oportunidades mientras observan cómo aumenta la riqueza de otros.

    ¿Qué futuro quiero para la IA y el trabajo?

    No quiero un futuro en el que detengamos la tecnología para conservar empleos innecesarios. Pero tampoco quiero uno en el que los seres humanos intentemos competir con las máquinas trabajando más horas, durmiendo menos y convirtiendo cada minuto de nuestra vida en productividad.

    Quiero que la productividad de las máquinas compre tiempo humano.

    Tiempo para salir del trabajo cuando todavía hay luz del sol. Tiempo para acompañar a los hijos y a los padres. Tiempo para hacer deporte, crear arte, estudiar y participar en la comunidad. Tiempo para tener amigos. Tiempo para pensar. Tiempo para tener una vida que no sea simplemente el pequeño espacio que queda después de trabajar.

    Para conseguirlo, tendremos que discutir seriamente la reducción de la jornada laboral, los impuestos sobre las ganancias extraordinarias de la automatización, la disminución de los costos gracias a la producción continua, la protección del primer empleo y la creación de bonos que reconozcan actividades extraordinarias en el arte, el deporte y el servicio social.

    Ninguna de estas ideas será fácil de implementar. Algunas tendrán que probarse, medirse y corregirse. Pero me preocupa mucho más la alternativa de no hacer nada y esperar que una transformación de esta magnitud se resuelva sola.

    La pregunta ya no es si las máquinas podrán producir más que nosotros. En muchas actividades ya pueden hacerlo.

    La verdadera pregunta es otra: ¿qué vamos a hacer los seres humanos con toda esa productividad?

    Si la utilizamos para que unas pocas empresas produzcan cada vez más necesitando cada vez menos personas, habremos creado una tecnología extraordinaria y una sociedad posiblemente peor.

    Pero si conseguimos que esa productividad reduzca el costo de vivir, financie nuevas oportunidades, permita jornadas más cortas y devuelva a las personas una parte de su tiempo, entonces la Inteligencia Artificial y los robots habrán cumplido una promesa mucho más importante que producir más. Nos habrán ayudado a vivir mejor.

    Porque, al final, si un robot puede trabajar toda la noche, el progreso no debería consistir en que nosotros también lo hagamos.

    El verdadero progreso será poder regresar a casa cuando todavía hay luz del sol y descubrir que, además de un trabajo, también tenemos una vida.

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    *Álvaro Abril — CEO de Geniales.co. Opinión para Abril.pro. ¿Quieres discutir cómo aplicar IA en tu empresa sin dejar gente en el camino? Escribe a alvaro@abril.pro.*

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    Álvaro Abril

    CEO · Geniales.co · abril.pro

    CTO Koravox

    VP Yamizu

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